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Crítica de la película Gran Torino

Por Moisés Martínez

Adiós, Harry El Sucio. Ha llegado la hora de guardar tu Magnum

Calificación: Buena

La única conexión existente entre el personaje icono de la rudeza policial en la década de los 70 y Gran Torino es Clint Eastwood. No vaya a pensar que esta cinta recrea la etapa geriátrica del legendario detective Harry Callahan.

Pero es evidente, especialmente para aquéllos que han sido testigos de la larga filmografía de Eastwood, que el ahora respetable director le imprimió una intencional similitud con su personaje más conocido entre el público, a este, su último trabajo como actor. Y se fue de la manera de la que estoy seguro todo actor lo quisiese hacer: Dirigiéndose a si mismo, para que todo salga como él quiere.

Walt Kowalski (Eastwood) es un viudo cascarrabias, veterano de la Guerra de Corea, que observa como el estilo de vida estadounidense se ha modificado por influencias extranjeras. Sus sentimientos xenófobos se avivan cuando repara que el barrio en donde ha vivido por años, es ahora habitado por familias pertenecientes a la etnia asiática hmong, a los que emocionalmente vincula con sus enemigos en Corea. Sin embargo, el tendrá que dejar a un lado estos sentimientos negativos, ante el acecho de una peligrosa pandilla juvenil.

Hagamos a un lado sus notables proezas como director. La carrera actoral de Eastwood se ha sostenido en base a justicieros violentos. Kowalski bien puede formar parte de ese listado. No en balde la crítica estadounidense tildó a Gran Torino como Harry El Sucio Seis. Pero Eastwood estaba muy consciente de esto. Sabía que tenía que ser muy convincente para lograr que el público aceptara a un justiciero de 80 años. Y lo logró.

La cinta logra generar esa sensación de molestia en el público, ante las atrocidades de los pandilleros, para que este reclame esa justicia que las leyes no permiten. Es tanta la compatibilidad que incluso se disfruta de algunas pequeñas tonterías que el director se permite, como esas escenas en las que Kowalski apunta con el dedo a los malos.

Las reflexiones de Kowalski se convierten en la verdadera lección que Eastwood desea transmitir sobre los arquetipos que construyó a lo largo de su carrera actoral. Las respuestas violentas no siempre llevan la justicia deseada, (como pasa en las ordinarias películas de acción); sino que generan reacciones más violentas.

Pero siempre se puede acabar con cualquier mal, sin necesidad de transformarnos en parte de éste. Eso es lo que enseña el desenlace de la cinta, que no solamente es el epílogo de una historia. Viene ser, además, el inteligente y digno adiós de uno de los rudos más rudos de la historia del cine. Disfrútela y por favor no se conmueva. El viejo y duro Harry se incomodaría.



Género:Críticas|

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