Una fantasía insulsa e ingenua

Dos razones me motivaron escoger La Isla de Nim para esta columna. En primer lugar era lo más interesante en una cartelera plagada de bodrios. El pasado e inusual fin de semana largo, prácticamente fue desperdiciado. Ir al cine no fue una de las mejores ideas para aprovecharlo.

Julio Verne debe revolcarse en su eterno descanso al ver cómo han degradado una de sus mejores novelas en una atracción digna de un parque temático. Una patética versión invertida de La Boda de mi Mejor Amigo, con Patrick Dempsey usurpando el rol que en su momento asumió Julia Roberts, era otra de las malas ofertas en el menú. Haciendo a un lado estos productos desechables, sólo quedaba La Isla de Nim.

Lo curioso de esta cinta (y segunda razón por la que decidí escribir sobre ella), es Jodie Foster. Una de las mejores actrices contemporáneas, Foster es una actriz de carácter por excelencia. El drama y el suspenso son los terrenos en los que característicamente se mueve mejor.

Incluso ahora que está atrapada en esa etapa de madre in vitro que se le subió a la cabeza, sus proyectos siempre estuvieron cargados de etapas de tensión que ella supo proyectar bastante bien. Lo más relajado que había hecho fue esa simpática comedia de vaqueros con Mel Gibson (Maverick). El hecho de verla en una película cuyo público meta son niños es inusual y curioso.

Foster interpreta a una escritora (Alexandra Rove) que por razones no aclaradas en la cinta vive una existencia tímida y ermitaña. Las emociones que se niega a vivir se las encarga a su personaje ficticio, Alex Rove, un aventurero que es un homenaje a Indiana Jones, con sombrero y sin látigo.

Esta vez veremos a una Foster distinta. La comedia física ahora es parte de su repertorio. Podría decir que está hecha para papeles más fuertes. Sus cartas credenciales lo certifican. Pero la comedia es más difícil que el drama y ella demuestra que puede lidiar con cualquier género y salir triunfante.

¡Ah! ¿Y la película? Pues si los niños son parte de su entorno a lo mejor puede aprovecharla, pero francamente las comedias de Disney de los años 50 y 60 son mucho más aterrizadas en el sentido práctico y real. Este filme predica una ingenuidad que cansa.

El final es digno de un producto Televisa. Si no tiene de otra, pues aproveche ver una faceta de Jodie Foster diferente a lo conocido. Con esta euforia maternal que le embarga, puede ser que éstos sean el tipo de roles a que tendremos que acostumbrarnos.